Los agentes de lo real

Me fascina esa idea que circula por el mundo de la escritura de que existen temas reales e irreales. Algunas personas hacen de esa distinción una bandera. Reclaman para sí la realidad mientras denuncian la irrealidad en la que se pierden tantos otros. En su cacería todo queda subsumido a un extraño binarismo: lo real-verdadero vs. lo irreal-careta. Lo real significa generalmente lo popular, lo cercano a las personas “de verdad”, es decir, lo que creen hacer ellos. El barrendero, la baldosa rota, que te dejen por chat, el asado del domingo, la oficina, el Gauchito Gil. Todo lo otro es irreal. La imaginación es irreal. Lo fantástico es doblemente irreal. Las palabras que no saltan en una charla de ascensor con la vecina son automáticamente irreales. Lo que refiere a otras realidades que no son del todo próximas es irreal. La Roma Antigua se zarpa en irreal y las religiones de la India son, para nosotros los sudacas, caretas e irreales.

Por un lado me apena cuando subestiman a las personas, al lenguaje, a la imaginación humana. Hablen con un nenito de sus sueños y sus miedos, atrévanse a tildarlos de irreales. Las personas en situación de calle no piensan solo en el hambre y el frío, y sus mentes están pobladas de lo que llamarían irrealidades. El mundo de los símbolos es, por supuesto, irreal.

Por el otro lado, muy bien, dejen en paz a ese mundo que desprecian. Algunos de nosotros escarbamos en esa tierra en busca de materiales para decodificar nuestra existencia. Si encontramos juguetes, los desmembramos y construimos nuestros propios frankensteins, que extrañamente se parecen a mucho de los que nos rodea. Si encontramos algo que se parece al alimento, lo despedazamos y con eso cocinamos nuestra propia ambrosía (irreal), nuestro guiso de lentejas (real).